TIJUANA.- Lo que hace apenas diez años se identificaba como una simple zona de paso entre dos países, hoy se ha convertido en un corredor clave para la innovación, el intercambio corporativo y el desarrollo de proyectos binacionales. Tijuana y Baja California están consolidando un modelo que aprovecha la cercanía con Estados Unidos sin perder el sello creativo y el talento que caracterizan a México.
La capital económica del estado ha logrado transformar su ubicación geográfica en una ventaja estratégica. La proximidad inmediata con San Diego facilita que congresos, foros empresariales y encuentros ejecutivos crucen la frontera con total naturalidad. Esta dinámica genera un ecosistema donde los participantes pueden desplazarse desde ambos lados sin complicaciones, los proveedores operan con estándares internacionales y las compañías interactúan bajo esquemas globales. A ello se suma el aeropuerto de Tijuana, uno de los más activos del país, cuya conectividad impulsa la realización de eventos de distintos formatos.
La evolución urbana también se refleja en la infraestructura especializada. El Baja California Center, en Rosarito y a menos de media hora de la zona hotelera tijuanense, se ha convertido en un referente para organizadores que buscan logística profesional y espacios versátiles. Sus salones, áreas de exhibición y oferta tecnológica permiten atender desde reuniones corporativas de nicho hasta convenciones de gran aforo. Complementando esta capacidad, hoteles y restaurantes cercanos fortalecen la experiencia del visitante con servicios de nivel ejecutivo y una escena gastronómica que ha colocado a la región en el foco internacional, especialmente desde el impulso generado por la Guía Michelin.
Sin embargo, uno de los mayores atractivos de Baja California se encuentra fuera de los recintos. El entorno que acompaña a los eventos se ha transformado en un valor añadido decisivo. La cocina de frontera, los sabores del Pacífico y la riqueza culinaria local funcionan como espacios naturales para el networking. A menos de una hora, el Valle de Guadalupe añade un componente único: catas entre viñedos, recorridos por bodegas boutique y una ruta enoturística que ha elevado la percepción del destino entre los segmentos corporativos. La oferta cultural, con espacios como el CECUT, completa una experiencia que conecta negocios, creatividad y entretenimiento.
Este crecimiento no ha sido producto de la casualidad. Tanto Tijuana como el estado han impulsado una estrategia constante basada en inversión, planeación y colaboración entre gobierno, sector empresarial y cadena hotelera. En los últimos años, cámaras y autoridades estatales han trabajado para modernizar infraestructura, profesionalizar servicios y reforzar la promoción internacional. Gracias a ello, la entidad ha ganado presencia en un mercado altamente competitivo donde la experiencia integral del destino es tan determinante como el recinto donde se realiza un congreso.
Hoy, mientras México diversifica sus polos de desarrollo turístico y corporativo, Baja California emerge como un modelo que integra movilidad, dinamismo económico y un estilo de vida atractivo para quienes buscan más que un encuentro de trabajo. En esta frontera, las ideas avanzan con la misma fluidez que quienes la cruzan; los proyectos encuentran un punto de colaboración binacional, y la innovación nace del intercambio cultural que define a la región.


