COSTA RICA.– Costa Rica no construyó su reputación turística únicamente con paisajes. La convirtió en una estrategia de país. En un mercado global donde los destinos compiten por atraer viajeros, inversión y conectividad, el país centroamericano ha logrado colocar la sostenibilidad como eje de promoción, operación y diferenciación económica.
En entrevista con El Economista, Alberto López, gerente general del Instituto Costarricense de Turismo (ICT), permite entender por qué Costa Rica es vista como un ejemplo internacional. Su apuesta no depende solo de vender naturaleza, sino de ordenar su aprovechamiento turístico, proteger la biodiversidad y educar al visitante. En esa combinación está la fortaleza del modelo.
“El país ocupa apenas 0.03% del planeta, pero concentra cerca de 6% de la biodiversidad mundial”. Esa condición lo coloca en una posición privilegiada, aunque también vulnerable. Bosques tropicales, volcanes, playas, parques nacionales, aves, mamíferos y especies marinas forman parte de su atractivo turístico, pero también de su capital natural. Si ese activo se degrada, se debilita la base económica del destino.
Por eso, Costa Rica ha buscado que la sostenibilidad no sea un discurso de promoción, sino una política de gestión. “El turismo se conecta con conservación, certificación, comunidades, educación ambiental y experiencia del viajero”, explica. Es un destino que protege sus recursos puede sostener ingresos, empleo y reputación de largo plazo.
Uno de los pilares del modelo es el Certificado de Sostenibilidad Turística (CST), impulsado por el ICT para reconocer a empresas comprometidas con prácticas ambientales, sociales y económicas. Comenta que la certificación permite que hoteles, operadores y prestadores de servicios demuestren estándares frente a viajeros cada vez más informados.
Este punto es clave para entender por qué Costa Rica se volvió referencia. En muchos destinos, la sostenibilidad opera como etiqueta comercial. En el caso costarricense, se ha integrado al diseño del producto turístico. No se trata solo de alojarse en un hotel rodeado de naturaleza, sino de saber cómo opera, cómo consume recursos, cómo se vincula con la comunidad y cómo reduce su impacto.
La estrategia también responde a una tendencia global. El viajero actual busca experiencias auténticas, pero exige mayor responsabilidad. Quiere naturaleza, aventura y bienestar, pero también información sobre el impacto de sus decisiones. Costa Rica aprovecha esa transición para posicionarse como un destino que ofrece valor sin renunciar a la conservación.
La biodiversidad funciona como infraestructura económica, explia Aberto López. Atrae visitantes, genera rutas, impulsa guías especializados, alimenta experiencias de observación de aves, senderismo, turismo rural, bienestar, aventura y gastronomía. Pero esa infraestructura requiere mantenimiento, igual que un aeropuerto o una carretera.
De ahí la importancia de campañas como #StopAnimalSelfies, enfocada en evitar el contacto directo con fauna silvestre. La iniciativa advierte que tocar, alimentar, cargar o pagar por fotografías con animales puede generar estrés, alterar comportamientos naturales e incentivar prácticas de cautiverio.
La campaña tiene una estrategia turística y económica. “Un país que se promociona como sostenible no puede permitir que su fauna sea tratada como mercancía de entretenimiento. La reputación se construye también con límites: no tocar animales, no alimentarlos, no interferir en su comportamiento y contratar operadores responsables”.
El turista busca experiencias memorables y contenido para redes sociales, pero Costa Rica intenta mover la conversación hacia una idea distinta: la mejor experiencia es aquella que no daña el entorno que la hace posible.
Costa Rica es ejemplo porque entendió antes que otros destinos que la conservación puede ser una ventaja competitiva. “La sostenibilidad no se presenta como freno al crecimiento, sino como condición para atraer turismo de mayor valor, distribuir beneficios y proteger la marca país”.
El modelo también demuestra que el turismo sostenible requiere coordinación. “No basta con tener áreas naturales. Se necesitan instituciones, reglas, certificaciones, promoción internacional, capacitación empresarial y participación del sector privado”, dijo. En un contexto de cambio climático, pérdida de biodiversidad y mayor presión sobre destinos naturales, Costa Rica ofrece una lección para América Latina: el capital natural debe gestionarse con visión económica. La naturaleza no es un recurso infinito ni un decorado para campañas. Es un activo que sostiene empleos, divisas, inversión y competitividad territorial.


